Te graduaste de profesor.
Con gran esfuerzo te preparaste en la universidad, hasta alcanzar el éxito. No faltaste un solo día a clases. Entonces saliste al mundo del trabajo en busca de grandes oportunidades. Hallaste muchas. Pero como hombre que siempre aspiras a lo mejor, te diste a la tarea de encontrar trabajo en colegios de alta categoría. No te resultó muy difícil hallar uno que otro de gran prestigio. Entregaste currículos y realizaste pruebas de idoneidad académica. En muchas ocasiones te dijeron: “le vamos a llamar”. Sin embargo esa llamada nunca llegó y tú te quedabas esperándola con gran ilusión.
Seguiste laborando en lugares modestos, en donde va toda “la perrada”, recibiendo salarios de hambre que solo te ayudaba a pagar el alquiler de donde vivías y los recibos de agua, luz y teléfono. Y para colmo de males, los directores o directoras te exprimían hasta la última gota de tus fuerzas; te miraban como un ser necesitado de sobrevivir, y que además, debías agradecer por tener un trabajito seguro. Así han ido las cosas desde tu graduación.
Y hoy acudes a otra entrevista, en donde tienes la esperanza de satisfacer tus necesidades u otros problemas que te aquejan.
-¿Es cristiano usted? –te pregunta la directora, mirándote fijo a los ojos.
-¡Claro! ¡Yo creo en Dios! –le dices.
-Me refiero a si usted es cristiano evangélico.
-Bueno, voy de vez en cuando a la iglesia.
-¿De vez en cuando…?
-Sí, para qué le voy a mentir.
-¿En cuál iglesia se congrega usted?
-Algunas veces voy a misa, otras veces voy a la Elim; otras, donde Toby…
-¿Ya aceptó a Cristo en su corazón?
-Yo creo en Él.
-¿Es bautizado usted por la iglesia evangélica?
-No; hice mi primera comunión cuando pequeño. Me bautizaron en la católica.
La directora te desaprueba, te dice que el único requisito para trabajar en la institución, es necesario que presentes una carta pastoral y un acta de bautizo. Tú le dices que eres un profesor y que el único interés que tienes es contribuir a la competencia académica de los jóvenes, que para eso te preparaste. “Déjeme su currículo; un día de estos lo vamos a llamar”, te dice ella.
Entonces tú te quedas con la esperanza rota. No entiendes por qué te marginan por un credo religioso. Pero en tu alma aún queda una vaga esperanza de que a última instancia, la bondad de la estupidez puede triunfar.
