Do
n Abundio Cienfuegos agonizaba. Los días estaban contados para él, tal como lo había dicho el doctor. Un ambiente de incertidumbre y pesar reinaba por toda la casa, y en sus pasillos se repetían los pasos de nietos, sobrinos, hermanos y algunos amigos de la familia. Don Abundio moría gota a gota, consolado por la cálida presencia de su nieta Clara, que se resistía a alejarse de su lado desde hacía tres días. Clara pensaba en lo bueno que había sido su abuelo con ella en el pasado, cuando la interrumpió el movimiento brusco de la mano de él. Vio que sus ojos se abrieron con suavidad y su cuerpo pugnaba en incorporarse. “Llamá a Foncho”, alcanzó a decir él.
La chavala no creía lo que veía y salió en busca del tío Alfonso. Al poco tiempo, la habitación se inundó de personas expectantes a su alrededor. Don Abundio dijo: “Foncho, treme el cajón de madera”.
El cajón que pedía don Abundio no era más que un baúl donde guardaba algunas cosas. Dijo que lo abrieran y sacaran de ahí un traje que compró en el Simán hace dos años. Cuando don Foncho sacó y le extendió el saco y el pantalón, el moribundo se mostró satisfecho, mientras que los allí presentes se vieron unos a otros con gran desilusión y extrañeza, porque de seguro esperaban ver algún testamento o bienes materiales que el ruco repartiría en partes iguales. “¡Ese mero es! ¡Es el último traje que voy a usar para el viaje!”, alcanzó a decir. Y expiró.
Muchos se echaron a llorar. Unos chillaron resentidos con el viejo por no haber recibido nada de herencia. Clara lloró de agradecimiento por haber hallado el amor de su abuelito cuando quedó huérfana, el pago de su educación básica y su biblioteca, estimada en más de quinientos libros. Otros lloriquearon de remordimiento por haberlo considerado un estorbo cuando don Abundio ya no pudo moverse. Y quizás la mayoría moqueó por no haberlo auxiliado cuando el viejo necesitó un bocado o una aspirina. Y allí estaban todos ellos con sus biblias en la mano o debajo del brazo, aullando, dándose golpes de pecho, procurando apaciguar el dolor de sus conciencias.
